sábado, 25 de octubre de 2008

En mil pedazos

Sin darme cuenta pulsé el botón y, ¡¡¡BANG!!!, todo estalló. Sus ojos se anegaron en lágrimas, pero ninguna corrió por sus mejillas; le fallaron las fuerzas y su voz se apagó hasta ser apenas un susurro. No escuché casi nada de lo que decía, no la oía, pero comprendí en un segundo lo que no había sido capaz de ver con claridad en más de quince años: sólo se recompuso para que nosotros no nos rompiéramos con ella.

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